

Tronaba como hacía años que no lo hacía en el reino de Lom, Los rayos iluminaban las casas, la lluvia empapaba las calles y los sumideros con conjuros de almacenaje, canalizaban toda esa agua para su uso posterior por los habitantes de este reino, el reino de los magos por excelencia.
En una casa del barrio rico, residencia de los magos de alto rango, sonó el grito de una mujer y este era más fuerte que el propio tronar del cielo. De repente el silencio, el cielo por un instante quedó calmado con la lluvia repiqueteando en los cristales, solo rompió la quietud de ese instante un nuevo grito, esta vez más desgarrador si cabe que el anterior, al rato el llanto de un recién nacido acompañaba a un poderosísimo trueno junto con toda una cohorte de rayos.
Era un niño, sano y fuerte, su padre, Vermin, lo tomó en brazos, una espesa barba blanca caía sobre el cuerpo del pequeño, este en un acto de reconocimiento alargo su pequeño brazo y acaricio con su diminuta mano la barba de su padre. Vermin abrió una de las ventanas. Las gotas de lluvia salpicaban su rostro, se giró hacia su mujer Arien con una sonrisa exultante y llena de orgullo y presentó al cielo al bebé, dándolo a conocer a unos dioses ahora inexistentes. Súbitamente un nuevo rayo recorrió todo el cielo cayendo a escasos centímetros de la ventana abierta, el fogonazo hizo que el pequeño cayera al vacío para consternación de su padre que viendo a cámara lenta observaba con el rostro desencajado como caía hacia el suelo, de repente un nuevo fogonazo y el bebe desapareció de los ojos de su padre. Vermin habló en el lenguaje de la magia, titiló y se desvaneció para aparecer en el suelo; de su hijo sólo quedaba la manta en la que había estado envuelto y nada más, percibiendo aún el calor que emanaba. Un grito de frustración y dolor recorrió la noche junto con los truenos que eran cómplices de lo acontecido, las lágrimas caían acompañadas de la lluvia en un vano intento de consuelo.
Lejos de allí, un mago encorvado, corría con sorprendente velocidad a través del bosque apoyándose en su bastón, sonriendo para sí, llevando en el regazo a un recién nacido, se paraba cada poco rato no tanto para descansar como para reconocer el terreno e ir hacia un punto en concreto. En un pequeño claro de un bosque, junto a un tocón quemado, depositó al bebe que dormía arrullado por la magia de un conjuro de sueño, mientras miraba nervioso a sus espaldas, ¿y si le hubieran seguido?. Mientras estaba sumergido en sus propios pensamientos una figura se materializó al lado del tocón, hablando en el lenguaje de la magia. El mago encorvado no tuvo tiempo para reaccionar y de las manos del nuevo individuo salió una tremenda bola de fuego que arrasó con todo lo que tenía por delante, desintegrando al pobre desdichado mago. Solo quedaban las cenizas de lo que instantes antes era un ser humano. El nuevo individuo portaba un bastón de madera oscura con un curioso símbolo en la punta que brillaba de una forma tenue, en su rostro se perfilaba la dureza de la soledad y en sus ojos brillaba la ambición y la sed de poder. Su nombre era Urien. Según se acercaba al pequeño, el símbolo del bastón se iluminaba con más fuerza. Lanzó sobre el bebé un conjuro y ambos desaparecieron, reapareciendo en una casa de campo, en un lugar indeterminado del mundo.
Pasaron los años y Degard instruído por Urien avanzaba en el difícil campo de la magia. La formación fue dura y cruel, el alma de Degard se ponía a prueba con cada enseñanza, con cada conjuro que aprendía, la magia bullía en su interior como la sangre corre por el cuerpo, era capaz de realizar conjuros que para otros chicos de su edad eran inalcanzables. Cierto día estaban en medio de una lección cuando apareció uno de los sirvientes mágicos diciéndole algo al oído de Urien, este asintió y el sirviente desapareció. Urien llamó a Degard y le habló de una trama que estaba acechando en las sombras para alzarse con el poder, poder que correspondía al propio Urien por derecho, así que pronto comenzaría una batalla para alzarse con el trono de Lom. Degard se ofreció para ayudar al que consideraba su padre.
A las pocas semanas, Urien y Degard, ambos vestidos con sendas túnicas negras, andando con paso firme y apoyados, cada uno en su propio bastón se acercaban al castillo del rey de Lom. Les salieron al paso dos caballeros avengers de Lom, que estaban patrullando la zona. El bastón de Urien brilló y ambos cayeron fulminados por un rayo. Pasaron entre los restos humeantes de las armaduras camino del castillo. Tras unos brutales combates contra otros magos, criaturas y sirvientes llegaron a la antecámara del rey, aquí se encontraba un mago de túnica blanca con un imponente bastón rematado con el cuerno de un unicornio. Degard jamás había visto nada igual, el bastón irradiaba un aura de bondad que lo desconcertaba. El túnica blanca cruzo el bastón para que no pasaran. Urien no espero ni un instante y empezó a conjurar, mientras, su bastón de comenzaba a brillar malignamente. El mago de albas vestiduras agachó la cabeza apesadumbrado y el bastón del unicornio comenzó a emitir un fulgor. Ambos lanzaron los conjuros a la vez saliendo despedidos cada uno hacia un lado, el mago blanco se incorporo con apenas unas manchas en la ropa mientras que Urien parecía que se había llevado la peor parte, sangrando por nariz y oídos. Al ver lo que le había pasado a su padre, Degard comenzó a conjurar, el bastón del mago blanco refulgió y absorbió el conjuro. Momento que aprovechó para volverse a concentrar. Degard sabiendo que no podría ganar a este excepcional mago con la magia aprovecho ese instante, para abalanzarse y clavarle una daga que llevaba oculta bajo la manga de la túnica en el corazón. El mago blanco aulló de dolor y sorpresa, mientras caía se sujetó a Degard y rodando ambos por el suelo, al final quedo inmóvil encima del joven mago, éste se lo quitó de encima apoyando su mano en la cara del mago muerto y al hacer esto una luz recorrió su ser y recordó una noche hace ya muchos años en la que afuera había una tormenta y fue separado de sus verdaderos progenitores. Reconoció como hace años con apenas unas horas de vida recorría con su mano la barba de su padre ahora abatido. Y éste en los últimos segundos de vida reconoció a su hijo robado...
Con lagrimas en los ojos por lo que había hecho. Depositó a su verdadero padre ahora muerto por su mano en el suelo, dejando las manos apoyadas sobre el pecho, como si estuviera en paz, el rostro antes desencajado ahora tenia una paz celestial. Degard se giró y miró a su padrastro, el odio rezumaba por todos sus poros, la magia bullía en su interior como un geiser esperando una vía de escape. Urien veía como un volcán en erupción iba a caer sobre él. En un acto instintivo alargó la mano hacia el bastón, ese fue su ultimo movimiento. Un rayo cayó sobre el ya maltrecho Urien calcinando piel, músculos y huesos. El negro bastón del sorprendente padrastro emitía un brillo sobrenatural, Degard lo tomó en su mano y entonces sintió que el espíritu de Urien estaba latente en el bastón, descargando todo su odio sobre el joven mago. Era tarde para echarse atrás, se dio cuenta que pretendía apoderarse de su cuerpo, perdió la noción del tiempo y del espacio, después de un tiempo sólo tuvo la certeza de estar en un pantano, olvidado por el mundo, con unas algas misteriosas que poco a poco cubrían su rostro, intentando ahogarle y el bastón de Urien en su mano, emitiendo un fulgor tenue.
Intentó mediante meditación y conjuros quitar esas algas, siendo todos los intentos en vano, ya estaba rendido de luchar contra su propia condena y había perdido toda esperanza de vida. Comenzó a llover y entre la lluvia llegaron dos individuos llamados Cix y Reknar que le convencieron para seguirles a un sitio llamado la Isla de la Luna Nueva. Quizás allí consiguiera encontrar una cura para su maldición, al menos mientras caminaban sobre la lluvia su alma se sentía en paz...