

Los destellos de las llamas en el horizonte denotaban que se estaba librando otra cruenta batalla por la libertad en Dragonland, los ejércitos de Terias luchaban valerosamente mano a mano con el resto de los reinos humanos libres.
Mientras tanto, en la ciudad capital de Terias tenía lugar un feliz acontecimiento para Tarem, maestro Herrero del reino, quien gozaba de una gran reputación en su oficio y del favor mismo del rey. Llegaba al mundo su primer hijo al que llamaría Reknar. Entre tanto muy a lo lejos llegaban ecos susurrantes de batalla e Ildon, que así se llamaba el primo de Reknar estaba más pendiente de sus sueños que del acontecimiento que tenía delante de sus ojos. Ildon, único hijo de la hermana de Tarem cuyos padres murieron en una emboscada en plena guerra años atrás era casi un adolescente, Tarem se hizo cargo de él cuando era tan solo un niño y le cuidó como a si fuera su propio hijo. El sueño de Ildon no era otro que el de convertirse algún día en un gran héroe, idea que Tarem no contribuía a quitarle de la cabeza, al contrario, estaba forjando un mandoble para cuando fuera mayor, el mejor mandoble que nunca se hubiera forjado se decía así mismo. Un único hecho triste tuvo lugar aquella noche, la madre de Reknar murió en el parto. Tarem quedó desconsolado y juró dedicarse en cuerpo y alma a los chicos, sobre todo al recién nacido.
Los años pasaron rápidamente cuidando al pequeño Reknar, a quien por cierto Tarem decidió forjar también un mandoble para el futuro, mejorando si cabía la calidad del que había hecho para Ildon. La infancia de Reknar transcurrió en los últimos años de una guerra que como todas rezumaba crueldad por los cuatro costados. Dado el oficio de su padre, convivió durante varios años con el dolor y la sangre de guerreros heridos, familiares desconsolados…..y el dolor de crecer sin una madre. Todo esto sin saberlo afectaría de manera determinante a su carácter…..y a su futuro.
Cuando ya tuvo edad para empuñar armas de madera y practicar, su primo en cambio era ya un respetado caballero del ejército de Terias, envidiado por muchos al lucir en su vaina un impresionante mandoble con bellos grabados y hoja reluciente, forjado por el maestro de maestros. Eran años de paz y prosperidad y la vida era tranquila en la mayoría de los reinos. Reknar aprendía de las ciencias y saberes acumulados en la biblioteca de la ciudad y también de la vida. Su mejor amigo en la adolescencia era un joven llamado Kalad, perteneciente a un clan de ladrones, del que claro está, eran miembros sus padres. Su amistad con Kalad le hizo aprender de manera inconsciente usos y trucos a los que sólo los ladrones más adiestrados tienen acceso. Esto sumado a su natural y sorpresiva destreza con el arco (arma que probablemente jamás hubiera llegado a sus manos de haber seguido el entrenamiento de su primo) hizo que poco a poco y entre juego y juego fuera abandonando las armas blancas. Tarem se disgustó mucho, ya que había forjado durante años un mandoble para él aún más impresionante si cabe que el de Ildon. No obstante decidió mantenerlo guardado por si su hijo cambiaba de opinión.
Un buen día cuando Reknar contaba con poco más de 18 años tuvo la visita de su primo, quien a petición de su padre le iba a llevar a conocer por dentro el castillo y los ejércitos, con la esperanza de que recapacitara sobre la idea de ser un gran héroe y caballero como su primo y empuñara por fin un arma noble. Dentro del castillo todo era impresionante, los ejércitos formados, armaduras relucientes, armas que cegaban con los destellos de sus hojas perfectas al sol. Reknar estaba asombrado y maravillado e Ildon sonreía para sus adentros, al fin Tarem podría ver a su hijo como deseaba, pensaba para si. Sin embargo esto no sería del todo así, ya que al llegar a uno de los patios se encontraron con la formación de arqueros, unos tensando sus arcos, otros afinando su puntería, etc… Reknar pidió a Ildon si podía probar su puntería con los reputados arqueros de Terias . Éste habló con el capitán y accedieron a dejar probar al muchacho. No tardaron en quedarse boquiabiertos cuando uno tras otro empezó a superar a gran parte de los mejores arqueros con los que contaba el capitán, quien ofreció al muchacho la posibilidad de incorporarse a sus hombres. Tras no pensarlo demasiado así lo hizo, ¡ya era un arquero del ejército de Terias! A su padre la noticia no le gustó todo lo que él esperaba, pero al fin no le quedó más remedio que aceptar los pasos que su hijo había elegido.
Pasaron varios años en los que la actividad de los ejércitos no requería grandes intervenciones en todo Dragonland, pero siempre hay enemigos a quienes combatir y de quienes defenderse, y así, en el día a día, Reknar se fue granjeando gran respeto y posición en la sección de arqueros, gracias a su talento y a su personalidad noble pero firme. Compasivo con los débiles pero expeditivo con los malvados o con lo que no consideraba justo. Tanto fue así que un día, una herida obligó a la retirada del actual capitán de los arqueros asumiendo Reknar tal puesto, a propuesta de sus hasta entonces compañeros de armas. Eran años de bonanza, parecía que la vida sonreía a los habitantes de todo Dragonland en general y a Terias en particular.
Un día sin embargo, una invisible y silenciosa sombra se cernería sobre Terias. El rey apareció en una cena del castillo con un nuevo consejero, un mago túnica roja que nadie sabía de donde había salido, pero quien a su alrededor desprendía cierta inquietud a quienes se encontraban cerca. Murmullos y oscuros susurros relataban toda suerte de teorías sobre quien era el nuevo mago consejero o de donde había salido. Pasado el primer impacto, todos en el castillo se fueron acostumbraron a su presencia, no sin cierta reticencia. Reknar fue de los pocos que no disimulaba sus sospechas hacia el mago, ya que a través del clan de ladrones del que era miembro Kalad, su amigo de la infancia, recibió informaciones de extrañas y secretas reuniones del mago con oscuros túnicas negras del cercano reino de Lom. Él y el mago consejero no tenían mucho contacto entre si dentro del castillo, pero cuando sus miradas se cruzaban delataban claramente sus pensamientos, si bien es cierto que el mago, más flemático, disimulaba mejor sus pensamientos de cara a los demás. Con todo pareciera que el mago estuviera al corriente de lo que Reknar sabía por Kalad.
Un buen día el rey fue a ver a su admirado maestro herrero, acompañado de su escolta personal y el mago. El rey y Tarem se fundieron en un abrazo, hablaron del pasado y del presente, enterándose así el mago de que Reknar era hijo del herrero, dato que le hizo esbozar una media sonrisa tenebrosa de la que ninguno de los presentes se percató. Antes de que el rey se marchara, Tarem decidió hacerle un regalo. En vista de que Reknar jamás usaría el mandoble forjado para él, el maestro herrero decidió regalárselo al rey, quien quedó maravillado con tan bella en increíble arma. Esa misma noche, una sombra entró en la sala del rey silenciosamente, se acercó al mandoble y susurró unas palabras arcanas. De repente extrañas luces relampaguearon entre sus manos, las cuales acercó al mandoble a la vez que recitaba más de esos extraños versos. Los ojos de esta figura parecían albergar fuego en su interior y al fulgor de las mágicas luces que salían de sus manos podía adivinarse una túnica roja.
A la mañana siguiente cuando el rey empuñó el magnífico regalo de su amigo Tarem recibió una sacudida que le hizo salir disparado contra una pared. Tal fue el golpe que a punto estuvo de quitarle la vida. El mago se presentó en la sala apresuradamente e instigó al rey para que encarcelara al herrero, sin duda el mandoble que le había regalado estaba maldito, merecía pagar por su traición. El rey dudó y al fin decidió que no tomaría represalias contra su amigo. El hecho no trascendió los muros de la sala del trono, nadie debía saber que el rey había sufrido un ataque. Al cabo de unos días la actitud del rey cambió, comenzó a pasar horas y horas reunido a solas con el mago, quien envenenaba su mente con patrañas y magia. Entre tanto, el rey no dejaba de acariciar la empuñadura de su mandoble, como si estuviera perdiendo la razón.
Ya no era el mismo rey justo que se preocupaba por su reino y por Dragonland, su semblante se oscureció, su mirada se volvió hosca, perdía la calma a las primeras de cambio. Ordenó la captura de Tarem para llevarlo a las mazmorras. Este no sabía que decir, superado por el impacto de los acontecimientos no acertaba a articular palabra, recorriendo encadenado y con la mirada perdida del que no entiende que es lo que está pasando, el camino que separaba la forja del castillo. Cuando Ildon y Reknar se enteraron de la noticia pidieron inmediatamente audiencia con el rey, si bien este no podía recibirles, según les dijeron. Ildon recurrió a sus conocidos dentro del castillo y logró que les dejaran ver al preso recién llegado. Tarem les dijo que no sabía que había pasado, pero que no tomaran parte o probablemente las cosas irían peor. Enseguida Reknar indignado pero en voz baja les dijo que estaban pasando cosas raras con el mago, a lo que Ildon le repuso que mejor mantuviera la boca cerrada si no quería que los presagios de Tarem se cumplieran.
Al día siguiente el mismísimo rey comunicó a varias guarniciones de los ejércitos desde el balcón que se prepararan para salir en los próximos días, entre ellas estaba una parte de la de los arqueros, cosa que a todos extrañó mucho ya que no estaban en guerra directa con nadie, salvo contadas ocasiones en las que se enfrentaban a pequeños ejércitos o grupos de rebeldes que no requerían la movilización de más de uno o dos destacamentos. No obstante, los generales ordenaron a sus capitanes que prepararan todo para salir cuando su majestad lo ordenara y así lo hizo Reknar con sus hombres como también Ildon, que formaba parte del ejército de élite. El mago acompañaba al rey en el balcón y su mirada se cruzó con la de Reknar y con la de Ildon, aunque se detuvo más tiempo con el primero que con el segundo. La noche antes del día elegido para la partida militar, una figura se adentró en las mazmorras y se acercó a la celda de Tarem. Este despertó sobresaltado al oír entre sueños extrañas palabras y cánticos ininteligibles. Lo último que vieron sus ojos fue como una figura ataviada con túnica roja hacía extraños movimientos con sus manos y como de la nada aparecía una runa que acabaría con su vida.
A la mañana siguiente la noticia conmocionó a Reknar y a Ildon, quienes fueron apresuradamente al lugar de los hechos. Allí se encontraron con los clérigos del castillo, quienes les dijeron que no había señales de violencia y que todo apuntaba a muerte natural. Esta explicación no convenció a Reknar, quien para sí puso sus sospechas sobre el mago, pero ya nada se podía hacer. Esa misma mañana se pusieron en marcha parte de los ejércitos de Terias, comandados por el mismísimo rey y a su lado el mago. Su destino era secreto, pero según fueron avanzando Reknar se dio cuenta de que el camino les llevaba a los reinos vecinos. No podía creer lo que sus sospechas le decían, pero cuando se encontraron ante la primera ciudad importante de uno de ellos, el rey ordenó parar y prepararse para el ataque, ya que los soldados de la ciudad tardarían en estar preparados, suponiendo que les diera tiempo.
Los habitantes de la ciudad comenzaron a huir despavoridos en todas direcciones, momento en el que el rey ordenó a la sección de arqueros que disparara sus flechas sobre ellos. Campesinos inofensivos, ancianos, mujeres y niños se encontraban entre la multitud que huía descontrolada. Fue entonces cuando Reknar se opuso a las órdenes del rey y sus arqueros se quedaron quietos sin saber que hacer. Reknar replicó al rey que no estaban atacando a un ejército enemigo, que eran gentes indefensas e inofensivas. El rey enfurecido cogió un arco y carcaj de uno de los arqueros que allí estaban y se dispuso a disparar su flecha sobre un grupo de mujeres que corrían con niños en brazos. Reknar no pudo evitar la indignación y rápidamente antes de que el rey disparara su flecha, disparó sobre él impactándole en el hombro. El rey cayó herido y se hizo el silencio. El mago susurro algo al oído del rey, que se levantaba ayudado por sus hombres. Mientras tanto varias guarniciones del ejército de la ciudad salían a presentar batalla.
El rey ordenó apresar a Reknar, pero nadie se movió, ni sus arqueros ni los caballeros a los que Ildon hizo un gesto para que estuvieran quietos. Ante esa actitud, el rey enfurecido decretó ante los presentes el destierro de Reknar, declarándole proscrito, bajo pena de muerte si volvía a ser visto en Terias. También ordenó que no se mencionara su nombre en el reino, bajo pena de muerte para quien lo hiciera. Acto seguido ordenó la retirada, el factor sorpresa del ataque se había perdido. Todos miraron a Reknar, quien se mantenía erguido y orgulloso mirando al rey con semblante serio. Fue entonces cuando el mago aprovechando la confusión conjuró sobre él. Cuando despertó estaba herido con quemaduras por todo el cuerpo, solo, en medio de un bosque. Junto a él su arco quemado, una flecha rota consumida por el fuego y una nota de Ildon en la que le decía “cuídate hermano”.
Durante unos días vagó por los bosques, manteniéndose oculto, comiendo lo poco que podía encontrar e intentando recuperarse físicamente. Pero los acontecimientos de los últimos días, la muerte de su padre en las mazmorras del castillo, el cambio de actitud del rey, su destierro, pensar que nunca más vería a Ildon y a Kalad, le tenían verdaderamente desconsolado. Una noche soñó que un antiguo dios le decía que se dirigiera hacia un lugar llamado la isla de la luna nueva y soñó también que le dotaba de un extraño poder. Un sonido aterrador le despertó bruscamente, una increíble tormenta estaba cayendo aquella noche y terribles truenos dejaban sus ecos en todos los rincones del bosque. Se resguardó y no sin esfuerzo consiguió volver a dormir.
Al despertar se encontraba mucho mejor, sus heridas parecían haber mejorado bastante y aunque no del todo su tristeza parecía más controlada. Sintió que el hambre se apoderaba de él y en un claro vio un ciervo pastando. Como si de un acto reflejo se tratara, hizo ademán de coger una flecha y tensar el arco. Cual no fue su sorpresa cuando ante él y de la nada apareció un arco de energía al igual que una flecha. Se quedó apuntando al ciervo y pensando en el sueño de la noche anterior. Al poco soltó el disparo sobre el ciervo con una velocidad y precisión que hasta para él fue sorprendente. Después de comer y meditar lo ocurrido, decidió encaminar sus pasos hacia esa extraña isla llamada de la luna nueva, tal y como el dios aparecido en su sueño le había dicho.
Mientras tanto en Terias, la inusitada sed de conquistas del rey parecía haber cesado por el momento ya que la voz había corrido y los ejércitos de los reinos vecinos estaban preparados para cualquier ataque. Sin que Reknar lo supiera, en Terias y en otros reinos cercanos hablaban en secreto de él y su hazaña bajo el sobrenombre del abandonado